miércoles, junio 02, 2004

El Charro Negro y el Oso, juntos, en Opción ITAM


El mismísimo Bandini en persona

Pues sí, mis estimados macuarrines anticulturosos, acá su charro negro y mi entrañable amigo el Oso Escamilla, publicamos sendos textos en el número de mayo de la revista Opción ITAM.

Para el Oso es su primera publicación en letras de molde, no en sus desveladas letras digitales de blog, por lo que le mando desde aquí un gran saludo y un abrazo. Ojalá que suba sus textos a su otra cueva para solaz y esparcimiento de chicos y grandes.

A propósito de grandes, ahí les va mi texto, que es un ensayo sobre John Fante (A ver ahora qué error le encuentras, tinterillo fronterizo de quinta. Ya quisieras que te publicaran en una revista como ésta y no en el pasquín donde destrozas la sintaxis cotidianamente).

EL INFIERNO DE FANTE
Por Guillermo Vega Zaragoza


Si en los últimos años de su vida John Fante llegó a gozar un poco del reconocimiento que se le negó al principio de su carrera, ha sido gracias a que, en alguna ocasión, Charles Bukowski lo mencionó como una de sus influencias fundamentales. Al igual que Bukowski, Fante es un autor de cuya obra se hablaba menos que de los mitos que rodeaban su vida. Esto se había debido a que, en parte, sus libros no se habían reeditado o, de plano, permanecían inéditos.

Para fortuna de todos, la obra completa de Fante ha sido rescatada y puesta de nuevo en circulación. Tan sólo en Estados Unidos ha vendido en conjunto más de 100 mil ejemplares y en Francia más de medio millón, algo que envidiaría cualquier autor vivo en la actualidad. Haciendo eco de este redescubrimiento, la editorial española Anagrama decidió reeditar reeditar recientemente cuatro de sus novelas: Espera la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo, Sueños de Bunker Hill y Camino a Los Ángeles (un par de ellas ya habían sido publicadas en nuestro idioma por Empúries y Paidós a principios de los ochenta).

Hace un par de años, en 1999, la editorial North Point Press publicó la primera y hasta el momento única y más completa biografía de Fante, escrita por Stephen Cooper y que lleva por título Full of life (Lleno de vida), al igual que uno de los libros de Fante. Además, el mismo Cooper se dio a la tarea de recopilar los cuentos inéditos del autor en un volumen titulado The Big Hunger, editado por Black Sparrow y que acaba de aparecer en el 2000. Por lo que puede decirse que apenas estamos terminando de descubrir la vida y la obra de Fante.

Descendiente de italianos, John Fante nació en Boulder, Colorado, en 1909. Con una convicción casi maníaca para ser escritor, fue autor de un puñado de libros plenos de originalidad y frescura, se convirtió en uno de los guionistas mejor pagados de Hollywood y logró casarse con una muñeca rubia y ricachona educada en Stanford. Pero, a pesar de que tenía todo para triunfar y ser reconocido, este hombre bajo de estatura, gran bebedor y jugador empedernido, murió a los 74 años (a la misma edad de Bukowski), ciego y sin piernas a causa de la diabetes, solo y olvidado, en un asilo de Woodland Hills.

Fante fue producto de la primera generación de familias ítaloamericanas (cuando en Estados Unidos los llamaban "dagos" o "bolas de grasa" y eran considerados al fondo de la escala social, incluso por debajo de los hispanos o los negros), formadas por inmigrantes que buscaban "hacer la América", pero que sólo encontraron un país obsesionado por el dinero, el poder y las diferencias de clase, lleno de prejuicios y odio hacia aquellos que no se aceptaran como algo natural la predominancia de los ricos y "triunfadores" blancos. Para los italianos pobres, Estados Unidos era "la América de los perros": tenían que mendigar las sobras provenientes de las mesas de los más privilegiados y, aunque estuvieran ya en el suelo, había que pelear a muerte por tales migajas.

No resulta extraño, entonces, que John Fante pasara buena parte de su infancia y adolescencia sumamente encabronado con el estado de cosas que le tocó vivir y que este disgusto se reflejara en su obra literaria. Como muchos ítaloamericanos, Fante odiaba a los ricos y blancos "cuyos nombres no terminan con una vocal suave", pero también odiaba a sus propios paisanos, quienes se dejaban engañar por culpa de su ambición y estupidez. A la larga, este "odio contra sí mismos" de los italianos se convertiría en una zaga autodestructiva, que se manifestaría años después, a gran escala, con la violenta mafia de Chicago y Nueva York y, a menor escala, en el comportamiento descarriado de individuos como Fante.

Este dilema de identidad se vería exacerbado por la herencia católica de Fante, quien incluso se sintió llamado a vestir los hábitos, dado que estudió en una secundaria jesuita. Esta influencia religiosa se vería reflejada simbólicamente en su obra, en la constante lucha entre el bien y el mal, entre pecado y perdón, en que se debaten sus personajes. Estos elementos contradictorios se encuentran en su estado germinal en el cuento "El hazmerreír de Dibber Lannon" con el que abre la recién editada colección de relatos de Fante.

Uno de los acontecimientos que marcarían su vida fue el abandono de su padre, quien se fugó con otra mujer, presumiblemente no italiana. Como la mayoría de los italianos de la época, Nick Fante, el padre, era un macho golpeador, y la madre era una mártir que sufría y perdonaba las golpizas y los deslices de su adorado marido. La huida de su padre provocó sentimientos encontrados en el joven John, quien lo odiaba por el dolor que le provocó a su madre, pero al mismo tiempo lo admiraba por el valor de haber mandado a volar esa vida indigna. Todo esto lo ficcionalizaría años después en su primera novela, la ya mencionada Espera a la primavera, Bandini.

Al ser el hijo mayor, John tuvo que dejar la escuela y ponerse trabajar para mantener a su madre y sus hermanos. Viajó al sur de California e ingresó como obrero en una planta enlatadora. Nadie se hubiera imaginado entonces que este seguro candidato a convertirse en un perdedor total, tendría las agallas para ser escritor, incluso sin poseer una máquina de escribir. En 1931, su maestra de preparatoria en Long Beach, a donde había retomado sus estudios, lo impulsó a proponer uno de sus textos, que había presentado como tarea escolar, para que la publicaran en la prestigiada revista literaria The American Mercury, que editaba el célebre escritor, periodista y lingüista H. L. Mencken, quien lo aceptó, pero se lo regresó con una nota: "¿Qué tienes en contra de las máquinas de escribir? Si lo mecanografías, encantado te lo compro".

A partir de entonces, Fante inició una abundante producción literaria, con proyectos para varias novelas y decenas de cuentos. Una carta enviada a Mencken, quien se convertiría su mentor, refleja su pasión literaria y su indeclinable decisión de convertirse en escritor: "En los últimos treinta días he escrito 150,000 palabras. Sé que un escritor consagrado no escribe tanto, pero ¿se supone que un hombre que apenas comienza sí lo haga? Empiezo a sentir los estragos de estar en las últimas. Como muy poco y pierdo una onza de peso o treinta. Trato de no ser descuidado, por lo que escribo algo primero dos veces a mano y luego lo paso a máquina. No me quejo, pero sólo quiero saber si es necesario que un hombre que apenas empieza tenga que trabajar tan duro".

Lo anterior resulta impresionante no sólo por el hecho de que se tratara de un joven obrero italiano casi sin educación, sino porque en su obra exploró y utilizó como materia prima literaria su empobrecida herencia italiana y su propia lucha como proletario para sobrevivir, todo ello expresado con el lenguaje coloquial, callejero, propio de las personas sobre las que escribía. Esto, en la actualidad, nos puede parecer algo sin ningún mérito, pero estamos hablando de 1931, cuando la literatura norteamericana se encontraba infestada de autores que escribían en un estilo "elevado" que a Fante no le atraía en lo más mínimo. "Nadie antes que Fante había escrito acerca de los jodidos en un lenguaje tan descarnado", asevera Gerald Nicosia en su ensayo "Pecado y redención al estilo italiano", publicado en el New Times de Los Ángeles, en marzo del 2000.

Es muy probable que las virtudes literarias originales de Fante se diluyan al grado de casi desaparecer a la hora de traducirlas al español (y más si están traducidas al español madrileño). Pero aún así es posible detectar algo de su genio para reflejar el habla callejera y la retorcida sintaxis del barrio. Desde luego que las frases cortas, los verbos activos y los sustantivos sin adjetivar son influencia de Ernest Hemingway, cuya luz guiaba a todo escritor norteamericano vivo de entonces. Nicosia lo deja muy claro: "Nadie estaría tan cerca de lograrlo de nuevo hasta que llegó Charles Bukowski, quien lo aprendió directamente de Fante. No se trata únicamente de que Fante podía dar el tono callejero, sino que confió totalmente en su oído y le dio la espalda a los maestros reconocidos para crear un estilo propio, con un valor que pocos escritores han tenido y pocos tienen ahora". Para encontrar un paralelo en la literatura mexicana del buen oído de Fante para el habla barriobajera, sólo se me ocurre Ricardo Garibay, sobre todo en su crónica sobre el Púas Olivares.

En los años treinta, con la sugerencia y el apoyo de Mencken, Fante se dedicó de lleno al guionismo y durante ese tiempo trató de aplicarles, sin éxito, tramas melodramáticas y finales hollywoodenses a sus historias sobre obreros mexicanos, japoneses y filipinos, meseras borrachas y fracasados que vivían en pensiones. Fue su agente literaria, Elizabeth Nowell (representante también de nada menos que Thomas Wolfe), quien le sugirió que leyera al escritor noruego, Premio Nobel de Literatura en 1919, Knut Hamsun, sobre todo su novela Hunger(Hambre). Este libro se convertiría en una de las influencias capitales de Fante, ya que le demostraría que la complejidad psicológica de la pobreza es materia suficiente para sostener una trama novelesca, siempre y cuando se ahondara con suficiente honestidad en la vida de los pobres. Gracias a Hamsun, la escritura de Fante alcanzó dimensiones universales sin necesidad de artificios. Asimismo, Nowell lo impulsó a que explorara su ambivalencia con respecto a la religión para que la constante lucha entre razón y fe que lo atormentaba en su vida adquiriera forma artística.

A pesar de tener contrato con él, la prestigiada editorial Knopf rechazó de plano el primer manuscrito de Fante y Nowell terminó por mandarlo a volar. No obstante, Fante presentó una segunda novela: The road to Los Angeles (El camino a Los Ángeles), la cual también fue rechazada por Knopf. La llevó a la editorial Viking, que publicaba a John Steinbeck, pero el editor le dijo que mejor se olvidara de "esa viciosita sátira sobre la adolescencia". The road... no vería la luz sino hasta dos años después de la muerte de Fante.

En 1938, por fin, una editorial poco conocida, Stackpole Sons, aceptó publicar Wait until spring, Bandini, y no le fue tan mal: fue comparado por la crítica con William Saroyan y fue declarado por dos periódicos regionales como el mejor libro del año. Doce meses después apareció Ask the dust y, de no haber sido porque a la editorial la demandaron por publicar ilegalmente Mi luchade Adolfo Hitler, hubiera tenido una mejor promoción. El siguiente libro finalmente aceptó publicarlo Viking Press: la colección de relatos titulada Dago Red en 1940.

Con esta incipiente aceptación, Fante se lanzó a la escritura de otra novela: Little Brown Brothers (Los hermanitos Brown), basada en la vida de los trabajadores filipinos inmigrados en California. Sin embargo, al llegar 1944 ningún editor había aceptado publicarla. Este rechazo marcó indeleblemente la vida de Fante. Durante cerca de cuatro décadas, de 1940 a 1977, casi no volvió a publicar narrativa y se dedicó de lleno al guionismo cinematográfico para los Estudios Paramount. De todos los guiones que escribió, sólo 12 se filmaron, aunque en tres de ellos no aparece su crédito. Esto le permitió llevar una vida desahogada: se compró una residencia en Malibú donde vivió con su esposa y sus cuatro hijos. Solamente en 1952 se rompió brevemente el silencio literario de Fante: la editorial Little Brown le publicó una novelita, Full of life (Lleno de vida), que constituyó su libro más vendido e incluso se convirtió en película cuatro años después. No obstante, le rechazaron otros dos manuscritos, que también serían publicados hasta después de su muerte.

Como lo revela, Stephen Cooper en su libro biográfico, Fante nunca se recuperó del golpe de no haber podido triunfar en la literatura. No obstante, como buen italiano, no podía dejar de mantener a la familia y tampoco quería volver a la pobreza de la que tanto le había costado salir. Por eso aceptó el trabajo en Hollywood. Pero fiel a su culpígena naturaleza católico-italiana, no podía dejar de autoflagelarse. Lo llegó a considerar "el trabajo más desagradable en el reino de Cristo", y en alguna ocasión se refirió a sí mismo como "una puta de Hollywood, un apestoso artista vendido, un sublime pervertido literario, un aborto lírico, un apestoso escritor de escena, un lameculos de la Paramount, al que le pagan para que escriba el dulce vómito que susurra Dorothy Lamour".

Sepultarse en el trabajo, en la bebida, en el juego o en interminables partidos de golf, fue la forma que encontró Fante para no lidiar con todos los fantasmas que encerraba en su closet. Quizá por ello, también, una vez que le diagnosticaron diabetes, en forma suicida se negó terminantemente a dejar de beber. Lo siguió haciendo hasta que en 1978 perdió totalmente la vista y le amputaron ambas piernas. Un año antes había publicado Brotherhood of the grape (La cofradía de la uva, editada en español por Ultramar Editores en 1990), una novela corta acerca de la muerte del padre loco, diabético y alcohólico de un guionista.

En la misma proporción que reveló una gran creatividad se volvió un ser autodestructivo y desagradable: huraño, iracundo, voluble, manipulador y capaz de actos de verdadera crueldad consigo mismo y con los que le rodeaban. Cuando se emborrachaba era el terror de quienes les tocaba en suerte estar cerca de él. La mayor víctima fue su esposa Joyce: le exigió que abortara a su cuarto hijo, a lo que ella se negó, razón por la cual no estuvo presente en el nacimiento. En otra ocasión, Joyce -quien también escribía- estaba contenta porque la habían nombrado la cuarta mejor escritora de su grupo. Encolerizado, Fante le espetó: "¿Cómo puedes estar feliz de ser el cuarto lugar de cualquier cosa?" Nunca toleró ni se perdonó no ser el primero en todo lo que hacía, desde hacer deporte, apostar a los caballos, conquistar a las mujeres más bellas o escribir grandes obras literarias.

Pero, cuando lo único que le quedaba por esperar era la muerte, llegó por fin el reconocimiento esperado. Una referencia al vuelo en la novela Women(Mujeres), publicada en 1978, hizo que John Martin, dueño de la Editorial Black Sparrow, le preguntara a Charles Bukowski si el tal John Fante verdaderamente existía. Bukowski asintió. Martin consiguió un ejemplar de Ask the dust, lo leyó y decidió reeditarlo, con un prefacio del mismo Bukowski, en 1980. Entonces todo mundo quiso leer sus obras y Martin las publicó todas, incluso las que en su día fueron rechazadas. Ante este inusitado interés, en 1982, Fante tuvo el último aliento para culminar la tetralogía de Arturo Bandini, al dictarle a su esposa la novela Dreams from Bunker Hill (Sueños de Bunker Hill).

En alguna ocasión, Bukowski reveló la razón de su preferencia por Fante: "Lo que me atrapó de él fue que estaba solo en un cuartito, se moría de hambre y quería ser escritor. ¡Se moría de hambre por su arte, por el amor de Dios! Eso no se hace mucho en la actualidad. Parece algo más de siglos pasados, tipos muriéndose de hambre, volviéndose locos por él, mandando todo a volar por el arte. La gente no quiere renunciar a sus comodidades ni tomar grandes riesgos. Quieren el nombre, la fama, pero no darían su sangre por el arte, no se volverían locos ni tendrían la pasión por él. Quieren el reconocimiento, pero no tienen la fuerza interna para hacer de veras lo que tienen que hacer para ser famosos".

Aquí encontramos, finalmente, otra de las paradojas vitales de Fante: mientras en sus obras se convirtió en un verdadero vocero de quienes no tienen voz, en la realidad nunca participó ni apoyó ninguna causa social o política. En una carta a Mencken, le explicó: "Mi negocio en la vida es salvarme a mí mismo. Ese es un trabajo descomunal. No me ensuciaré las manos tratando de salvar a las masas". De acuerdo con Nicosia, mientras otros autores como John Steinbeck buscaban mostrar cómo los ricos y poderosos les escamoteaban las cosas buenas de la vida a los pobres, Fante era "una especie de escritor beat dos décadas antes" de Allen Ginsberg y Jack Kerouac, pues lo que buscaba era demostrar que el éxito material es totalmente vacío y que los pobres estaban equivocados al pensar que la riqueza es la meta máxima a la que pueden aspirar. Al final de Pregúntale al polvo, Bandini arroja al desierto un ejemplar de su primera, exitosa novela, como un inútil gesto de rechazo a las egoístas obsesiones de su ambiciosa carrera literaria, la cual provocó que perdiera al amor de su vida.