miércoles, septiembre 11, 2002

¡Se levanta en el mastil mi bandera!


Todos los lunes, desde hace 25 años, puntualmente, a las 8:15 de la mañana, me despierta esta melodía, entonada por varias decenas de desafinadas gargantas infantiles: “Se levanta en el mástil mi bandera, como un sol entre céfiros y trinos; muy adentro, en el templo de mi veneración, oigo y siento contento latir mi corazón; es mi bandera la enseña nacional, son estas notas su cántico marcial, desde niños sabremos venerarla y también por su amor vivir”. El lector avezado se habrá dado cuenta que vivo justo enfrente de una escuela primaria; para más señas, la Escuela Primaria Federal “Laura Méndez de Cuenca” de la Secretaría de Educación Pública. Se trata, desde luego, de la ceremonia de “honores a la bandera”, en la cual millones de niños mexicanos de todo el país tienen que participar obligatoriamente al iniciar la semana en los jardines de niños y escuelas primarias y secundarias.

Para la gran mayoría de mexicanos que fuimos educados (o maleducados) en la religión católica, después de la misa, el homenaje a la bandera es el ritual público al que estamos más expuestos desde la infancia. Un estudiante que tenga la suerte de terminar la secundaria ha entonado desde el kinder, por lo menos, 350 veces el Himno Nacional Mexicano. Sin embargo, en cuanto se entra a la preparatoria, las únicas oportunidades que se tienen de berrearlo es la noche del 15 de septiembre, en el tradicional “Grito de Independencia”, o cada vez que juega la Selección Mexicana en el Estadio Azteca. ¿Por qué causa en las instituciones de educación superior no se hacen honores a la bandera si lo establece la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales, en el segundo párrafo del artículo 15, que dice, a la letra (me encanta redactar como si fuera abogado): “Las autoridades educativas Federales, Estatales y Municipales, dispondrán que en las instituciones de enseñanza elemental, media y superior, se rindan honores a la Bandera Nacional los lunes, al inicio de labores escolares o a una hora determinada en ese día durante la mañana, así como al inicio y fin de cursos”? Misterio insondable.

Es bien conocido que todos los rituales relacionados con los símbolos patrios tienen un origen militar, los cuales, con ciertas modificaciones, han sido trasladados a la vida civil a través de la mencionada ley, cuya última modificación fue hecha en 1984. En ella, se establece, por ejemplo, cuál es la forma correcta de saludar civilmente a la bandera: “se hará en posición de firme, colocando la mano derecha extendida sobre el pecho, con la palma hacia abajo”. Esto deberían enseñárselo a los jugadores de la selección mexicana, pues es una verdadera vergüenza la forma en que algunos realizan el saludo como les da la gana, con el pulgar hacia abajo o el codo de plano caído, denotando una hueva abismal.

Parte fundamental del homenaje a la bandera lo constituye la escolta. Todas las escuelas cuentan con una escolta, que es la encargada de pasear a la bandera por todo el patio para luego rendirle honores. Ser integrante de la escolta debería ser considerado un privilegio, por lo que se supone que debería estar formada por los estudiantes más sobresalientes. Pero no siempre es así. Frecuentemente los criterios para seleccionar a los miembros de la escolta son políticos, económicos y hasta raciales. Y en mis palmas yacen los folículos pilosos para aseverar que la borrica es de color oscuro: tanto en la primaria como en la secundaria formé parte de las respectivas escoltas en calidad de “comandante”; es decir, era yo quien daba las órdenes a la hora de marchar. Me seleccionaron porque, además de tener uno de los mejores promedios de mi grupo, era más alto que el promedio de mis compañeros (por alguna razón, la estatura obsesionaba a los directores de la escuela), tenía la voz grave y sonora y había aprendido las complicadas órdenes para marchar. Por ejemplo, si queríamos dar vuelta a la derecha, no bastaba con decir simplemente “vuelta a la derecha” sino (entónese con voz de mando):“Atención, escolta: conversión a la derecha… ¡ya!”

Sin embargo, no todos los “cerebritos” se quedaban, aunque tuvieran diez perfecto. A unos se les marginaba porque eran muy chaparritos o porque estaban gordos o porque no podían pagar el traje de gala. El puesto de comandante nadie lo quería, pero el más cotizado era el de abanderada. Recuerdo que en la secundaria se dio una singular escaramuza por el puesto, dado que dos chicas se lo disputaban: Claudia Fabiola y Paula Carolina (en serio, así se llamaban). La primera, además de tener promedio perfecto de 10, era la presidenta de la sociedad de alumnos. Sin embargo, era gordita y poco agraciada, pero grilla como ella sola. En cambio, la segunda tenía promedio aceptable, era güerita y de muy buen ver, y además hija de la presidenta de la sociedad de padres de familia de la escuela. Por derecho, el puesto titular le correspondía a Claudia Fabiola y el de suplente a Paula Carolina. La madre de ésta puso el grito en el cielo. Salomónica y cobardemente, el director de la secundaria estableció que se rotaran el puesto, una y una en cada ceremonia. Astuta, Claudia Fabiola apechugó y no dijo nada, hasta que la empezaron a relegar en las ceremonias más vistosas (por ejemplo, el 15 de septiembre o el desfile del 20 de noviembre), en las cuales la convocada era Paula Carolina, a pesar de que no le tocara turno. Entonces sí puso el grito en el cielo y empezó a grillar, pero casualmente le hicieron auditoría en la cooperativa (la cual vendía refrescos y golosinas a la hora del refrigerio para luego utilizar las ganancias en beneficio de la escuela), la acusaron de malos manejos y hasta tuvo que dejar la secundaria.

La verdad yo prefería que la abanderada fuera Paula Carolina, pues así tenía la oportunidad de verla después de clases, cuando el sádico profesor de educación física nos ponía a ensayar en el patio a pleno sol. Al terminar, todo sudoroso, la acompañaba a su casa y creo que hasta me atreví a pedirle que fuera mi novia, pero seguramente me dijo que no. Lo que sí recuerdo era lo bien que se veía con el uniforme de gala, con sus tobilleras con borlas y unos chamorros portentosos bajo la falda tableada.

Pero creo que ya me estoy desviando del tema. A pesar de que los maestros se empeñaban en hacernos creer que era un honor formar parte de la escolta y gozar de beneficios adicionales que ya reseñé, en realidad era una monserga. Estábamos obligados a llegar media hora antes todos los lunes y concentrarnos en la dirección de la escuela. Nunca entendí para qué nos citaban con tanta anticipación, pues nunca pasaba nada ni recibíamos instrucciones especiales. Obviamente, aprovechaba el tiempo para tirarle la onda a Paula o ponerle apodos a Juan José Sol, otro de los miembros de la escolta: el típico matadito, serio y estirado. Entre otros apelativos a los que se hizo merecedor estaban “Hermano Sol”, “Soltarás” o “Solitario”, y cada vez que lo veíamos venir entonábamos las notas de “Here comes the sun”. (Como se verá, estar en la escolta no lo exentaba a uno de ser, ya desde entonces, medio ladilloso y mamuco).

Cuando faltaba algún miembro titular teníamos que andar buscando a los suplentes, que estaban obligados a llevar el uniforme de la escolta aunque no participaran. En un par de ocasiones, las ceremonias se atrasaron porque al suplente se le olvidaba su condición y llegaba sin el uniforme, por lo que tenía que ira casa a cambiarse.

La ceremonia seguía un orden determinado e inflexible. Una maestra se desgañitaba ante el micrófono tratando de poner en orden a la caterva de salvajes, perdón, a los educandos, haciéndolos tomar “distancia por tiempos” (uno, dos, tres) incontables veces, hasta que por cansancio o aburrimiento se quedaban callados y la trompeta de la banda de guerra anunciaba la aparición de la enseña tricolor. Mientras la escolta daba una vuelta al patio, se entonaba el “Toque de bandera”, cuyas primeras estrofas inician este artículo. Sus autores son Xóchitl Palomino y Juan P. Manzanares y confieso que me vine a enterar de ello cuando me puse a investigar para escribir este artículo, no vayan a creer que era tan estudioso. En ese periplo, invariablemente, cuando pasaba justo enfrente de mi grupo, Alfonso Quevedo, el más chaparrito del salón, hacía algún gesto chistoso o grotesco que me hacía reír y perder la concentración al ordenar, con lo que a veces decía “derecha” en lugar de “izquierda” a la hora de dar la vuelta. Afortunadamente, la escolta no me obedecía y daba vuelta en el sentido correcto.

Una vez instalados en el centro del patio, se leían las efemérides y el director se aventaba un rollo mareador acerca de la alguna fecha cívica importante. En ese lapso, yo observaba las reacciones de todo el mundo, tanto de maestros como de alumnos: unos dormitando o poniendo cara de mucho interés, otros riendo o cuchicheando. Sin falta, al terminar, el profesor de educación física me llamaba la atención por voltear a mirar a todos lados, en lugar de poner cara de circunstancia en señal de “respeto a nuestro lábaro patrio”.

Luego se cantaba el himno nacional y se hacía el “juramento a la bandera”. En la primaria, se ponía el disco con la música oficial para entonar el himno. El problema era cuando se descomponía el tocadiscos. Algunos niños, sobre todo los de primer grado, hacían playback y nada más movían los labios porque todavía no se lo aprendían. Otros más lo cantaban pero a su manera, porque le ponían otra letra.

Como se sabe, el autor del texto del Himno es el potosino Francisco González Bocanegra, a cuya composición poética le puso música el español Jaime Nunó. La versión original del Himno consta de 84 versos decasílabos, repartidos en el coro, que tiene cuatro, y en 10 estrofas de ocho líneas cada una. Desde el triunfo de la Revolución de Ayutla en 1855 se dejaron de cantar varias estrofas porque loaban a Santa Anna y a Iturbide. Fue hasta 1943 que el gobierno de Manuel Ávila Camacho definió las partes del himno que deben cantarse. Desde entonces son sólo cuatro de las 10 estrofas las que forman parte del texto oficial, intercalando en ellas cinco veces el coro. no obstante, de esta versión abreviada del himno, en las escuelas se canta una aún más breve, entonando nada más dos estrofas, la primera y la última y dejando fuera las partes más belicosas, como aquella de “¡Guerra, guerra sin tregua al que intente/ de la patria manchar los blasones!”. Sería bueno preguntarle, por ejemplo, al Presidente de la República si se sabe completo el himno, digo, nada más por incordiar, como dirían los españoles.

La verdad es que el sentido poético y el significado de muchas palabras del Himno constituyen un verdadero misterio para muchos mexicanos. Por ejemplo, ¿quién diablos sabe lo que es un bridón? ¿Qué es eso de “el acero aprestad”? ¿Cómo que “retiemble en sus centros la tierra”? ¿Pues que no tiene uno solo? ¿Por qué tanta complicación con eso de “Ciña ¡oh patria! tus sienes de oliva de la paz el arcángel divino”? ¿No es más fácil decir: “¡Oh patria! que el arcángel de la paz ciña de oliva tus sienes”? Recuerdo que un compañero se me acercó una vez para preguntarme quién diablos era ese tal Masiosare, el extraño enemigo que quería profanar con sus patotas el suelo de la patria querida.

En la secundaria teníamos banda de guerra y para pertenecer a ella el criterio era simple y llanamente querer hacerlo y que los papás te compraran tu instumento (tambor o trompeta), el uniforme, las charreteras, las borlas y demás parafernalia que se acostumbra en esos casos. Cada año se organizaba un concurso de escoltas y bandas de guerra. Éramos tan malos que nunca pasábamos de la primera fase eliminatoria, aunque pensándolo bien, ahora, al paso de los años, creo que más bien se debía al uniforme que nos obligaban a usar: traje color crema con un suéter rojo de cuello de tortuga, mientras que las escoltas triunfadoras siempre portaban gorras y trajes de corte militar.

Cuando entré al bachillerato, específicamente al CCH Vallejo (cuyas siglas rebautizaron las malas lenguas y los enemigos de la educación laica y gratuita como “Colegio de Cabezas Huecas”), me encontré con que allí no se hacían homenajes a la bandera ni nada parecido. Los lunes, al llegar al plantel, lo que más se asemejaba a un ritual cívico era instalarse en las jardineras, encender el primer cigarrillo y preguntar: “¿Quién reparte las cartas?”

Suena el clarín y el redoble del tambor…


1 Comments:

Blogger Darío Aguirre said...

Muy interesantes datos y anécdotas...

11:26 p. m.  

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